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Desde
que tengo uso de razón sexual, y aún antes de saber qué
era, qué significaba la sexualidad, cuando veía a mi madre
duchándose, me fijaba en ella con verdadero deseo, ¡Ahora sé
qué es deseo! Antes, en mi infancia, sólo recuerdo que me
ponía nerviosa y que me gustaba mirarla.
Mi madre al igual que yo le llevo ahora a mi hija, me
llevaba 20 años de diferencia, son cosas que ocurren, cosas
difíciles de creer, pero que en nuestro caso es cierto, las
tres, mi hija, mi madre y yo cumplimos años el mismo día,
para mas detalles, el día 15 de octubre próximo pasado, mi
madre cumplió los 60 años, mi hija los 20, y yo los
cuarenta. Antes de seguir, quiero dejar claro que esta no es
una historia de mujeres que descubren la homosexualidad
femenina por casualidad, ¡nada de eso! Ni madre siempre,
desde que cumplí los 18 años, me ha estado acariciando,
besando y haciéndome el amor en todas y cada una de las
ocasiones en que le era posible, yo con mi hija lo llevo
haciendo desde que cumplió los 18 y la semana pasada que
cumplió los 20, tanto mi madre como yo, creímos que ya era
hora de hacer las tres juntas el amor. Eso es lo que intentaré
contar en las próximas líneas de este relato:
Como
ha podido comprobar, las tres tenemos una edad algo difícil,
mi hija por joven, mi madre por edad avanzada y yo por madura.
Empezaré
describiendo a mi madre, que sin duda es la mujer más
espectacular de las tres, ella a pesar de sus 60 años, tiene
un cuerpo de esos que tanto las mujeres como los hombres dicen
que quitan el hipo, de talla 90, 60, 90, ¡es cierto! Tiene un
cuerpo de cine, parece que por ella no han pasado los años,
tiene la piel tersa, los senos firmes y una silueta que
envidiaría cualquier modelo de 20 años, ¡es preciosa! Quede
claro que durante toda su vida, se ha podido cuidar, ya que no
le ha faltado de nada, todos los caprichos que ha deseado los
ha tenido, porque mi padre, ¡ahora fallecido! Sólo ha tenido
ojos para ella, la adoraba, ella solamente lo engañaba
conmigo, ¡con un hombre jamás!
Mi
hija, como joven que es, es una mujer apetecible, pero he de
decir que se ha dejado un poco, no le importa la línea, ni el
cutis, ni si tiene mucho peso o poco. Con esto no quiero decir
que mi hija es una chica algo ”pasota”, mide
1 metro
y
70 centímetros
y pesa 100 kilos, es una chica entrada en carnes a la que según
ella nada le importa la moda o la delgadez.
Por
último me describiré a mí misma, sé que es difícil
describirse y decir las cualidades o los defectos que una
persona tiene, ¡lo sé! Pero a pesar de lo complicado que es,
en primer lugar diré que soy una mujer de pelo, moreno, ojos
castaños, boca expresiva, un tanto grande con labios carnosos
y unos dientes blancos como la leche ya que los cuido mucho.
Tengo una cara algo aniñada y de rasgos simpáticos, todas
las personas que me conocen me echan menos edad de la que
tengo, ¡eso enaltece mi ego! Sigo con la descripción de mi
cuerpo, mido
175 centímetros
, tengo unas piernas esbeltas y que nunca se terminan, unas
caderas bien torneadas, una cintura hermosa y un busto,
pasable. Mis senos son algo pequeños, redondos y tersos.
Bueno,
una vez descritas nuestras figuras, paso a contar qué es lo
que pasó el día de nuestro cumpleaños al cubo, ¡como
nosotras le llamamos! Como ya he dicho, mi madre y yo
decidimos que ya era hora de mantener relaciones sexuales con
mi hija, por eso lo habíamos hablado y decidimos hacerlo
ofreciéndonos como si nosotras fuéramos un regalo. He de
decir, que no las teníamos todas con nosotras, pues sabemos
del carácter difícil de nuestra nieta e hija, ¡cualquier
cosa podía pasar!
-¿Chicas,
qué hacemos? –Les dije jovial a mi madre y a mi hija.
-Comernos
la tarta, ¿no mamá? –Contestó Débora, que es como se
llama mi hija.
La
fiesta de cumpleaños desde que murieran mi padre y mi marido
en accidente de tráfico, siempre la hacíamos en soledad.
Nosotras nos bastábamos para que la alegría no decayera.
-Sí
hija, ahora mismo nos la comeremos, pero antes tenemos que
cantar el cumpleaños feliz y apagar las velas. Recuerda que
este año te toca a ti soplar y apagar las llamas con la
cantidad de años que sumamos las tres. –Le dije a Débora,
¡mi hija!
-Sí,
es verdad mamá, me encanta soplar las velas, me encantan
estos cumpleaños que celebramos, me encantan los regalos...
¡todo me gusta!
Estaba
loca de contenta, cumplir años a diferencias de mi madre o de
mí, le gustaba a rabiar, ¡cómo no! Con veinte años, no se
piensa, ni se debe de pensar en los cuarenta, y mucho menos en
los sesenta. ¡Bueno... nostalgias a parte! Débora sopló las
velas que por cierto apagó de un solo soplido, ¡qué
pulmones!
Como
de costumbre después de apagar las velas y comernos la tarta
llegaba la hora de la entrega de regalos. Todas como es
natural, y entra dentro de la lógica nos entregábamos un
regalo para alegrarnos la existencia, pero ese día, ante el
asombro de mi hija, ni mi madre, ¡su hermosa abuela! Ni yo le
dimos regalo alguno, estaba un poco sorprendida pero pronto le
sacaríamos de la incertidumbre de lo que acontecía. Después
de los besos y los abrazos de rigor y de darnos las gracias
por los regalos recibidos, le dije:
-Débora,
te habrás quedado algo sorprendida por no haber recibido ningún
regalo para tu 20 cumpleaños, ¿Verdad?
-La
verdad es que sí mamá. –Dijo mi hija algo triste mirando
con lágrima en los ojos hacia su abuela.
-No
estés triste mujer, tenemos un regalo para ti que no olvidarás
el resto de tu vida. Tu regalo niña, ¡Somos nosotras!
Sus
ojos resplandecían de alegría, ella llevaba dos años diciéndome
que quería hacer el amor con su abuela. Pero saber que lo
podría hacer con ella y conmigo a la vez, fue una cosa que no
solo le gustó, le excitó tanto que antes de que hiciéramos
nada, por sus piernas bajaba un hilo de sus jugos vaginales.
-Lo
siento, de la sorpresa que me habéis dado, me estoy corriendo
del gusto, ¡mirad, mirad como tengo las bragas! –Dijo con
sonrisa pícara.
Ni
que decir tiene, que esa tarde, y el resto de la noche, la
pasamos haciendo el amor las tres juntas en la cama. Tanto mi
madre como yo nos dedicamos a hacerla disfrutar. Mientras mi
madre le acariciaba los pechos, yo le lamía el clítoris,
cuando yo terminada de darle placer en toda la vulva, mi madre
se turnaba, yo le acariciaba los pechos y la besaba, mientras
ella le introducía dos dedos por el ano, los gritos de placer
de Débora, iban en aumento. Estaba a punto de llegar al
primer orgasmo cuando dijo:
-Me
gustaría veros follar en la posición de tijeras a mamá y a
ti, es una fantasía que me trae loca desde hace dos años.
Yo
le había contado en infinidad de veces que su abuela era una
mujer fogosa que hacía el amor sin cansarse, y que una de sus
especialidades era la de frotar su clítoris contra el mío y
hacer que llegáramos al orgasmos al tiempo. Mientras lo hacíamos,
ella nos miraba y se masturbaba para llegar con nosotras al éxtasis
del placer, cosa que sucedió en pocos minutos. Las tres
llegamos al orgasmo, gritábamos del placer que sentimos. Nos
fuimos a retirar de la posición de tijeras en la que estábamos
pero Débora nos pidió que nos quedáramos así, que ella
quisiera lamer nuestros coños y succionar los jugos que
desprendían nuestras vaginas. Las tres nos fundimos en un
abrazo al terminar y nos dormimos allí, en la cama, relajadas
y exhaustas por la sesión lésbica que tuvimos.
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