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Llevo
días intrigado por la persistencia de mi mujer, quiere que
realicemos el coito tántrico, dice que una compañera de
trabajo le ha dicho que una amiga, que conoce a una compañera
de trabajo que tiene un marido que lo practica y que es muy
feliz. Le contesté que me parece muy bien, que estoy dispuesto
a hacerlo, pero quería que ella supieras que según dicen las
malas lenguas el coito tántrico en una filosofía, casi una
religión y ni ella sabe mucho de eso y yo no estoy dispuesto a
aprender a estas alturas.
Me
he informado del tema y la verdad es que no estoy muy seguro de
que para echar un polvo tenga estar un mínimo de dos horas
acariciando a la parienta. Eso suena muy bien, pero debe ser una
cosa harto difícil y solamente al alcance de personas que
sientan esa religión en sus carnes, ¡no es mi caso!
Llegó
el viernes, que era el día en el que habíamos quedado
practicar el coito tántrico, lo intenté con todas mis fuerzas,
pero cuando llevábamos 40 minutos de caricias y susurros. Fue
ella la que me pidió por favor que actuara como siempre lo habíamos
hecho, que no soportaba la lentitud de las prácticas tántricas.
Yo
no presumo de nada, pues de nada se ha de presumir en esta vida
ya que todos tienen algo que enseñar. Creo, estoy seguro de que
hay muchas parejas que disfrutan del coito tántrico, pero
nosotros no somos una de esas. Llevo casado con mi mujer desde
hace 25 años, en los que siempre la he satisfecho sexualmente,
al igual que ella lo ha hecho conmigo, siempre hemos tratado de
probar cosas diferentes, pero lo del coito tántrico nos ha
dejado fríos, ¡debe ser genial, pero dejémoslo ahí!
Con
todo el cariño del que soy capaz de dar, dejé de meterle el
pene dos centímetros y medio en el interior de la vagina
durante un minuto, sacarlo y descansarlo en el prepucio del clítoris.
Me limité a hacer lo que sé hacer. Tumbada el la cama mirando
al techo como si quisiera encontrar algo en él, miraba
fijamente mientras le daba un masaje por la zona ventral, costal
y púbica, todo esto sin llegar a tocar el clítoris o la
vagina.
En
ese momento empezó con sus jadeos habituales, demostrando que
le gustaban mis caricias, no era un masaje tántrico pero era un
masaje que yo sabía hacer y que se lo daba con suavidad y no
poca ternura. Supongo que en esos instantes no estaría pensando
en la amiga de la compañera de que tiene una compañera a la
que su marido tántrico la hace muy feliz, y que estaba
disfrutando del roce de mis manos en esa zona de su cuerpo, zona
que es la más erógena que siempre ha tenido. Siempre me había
dicho que sentir el tacto de mis manos por su vientre y costado
la hacía derretirse de excitación, y creo que no fingía,
porque en cuanto le doy un masaje en esa zona, de su vagina
salen verdaderos efluvios de mucosa vaginal.
Durante
una hora la había estado acariciando y masajeando para que
sintiera el máximo placer, si la hubiera penetrado y eyaculado,
para la filosofía del coito tántrico hubiera sido una
eyaculación precoz. Por ese motivo quise seguir haciéndola
disfrutar.
Hice
que se colocara en la cama con el culo en pompa y desde esa
postura tenía una visión inmejorable de su vulva, en especial
tenía a mi alcance el orificio de entrada a su vagina que
palpitaba de la excitación que sentía. La penetré lenta, muy
lentamente hasta que la punta del glande rozó su útero,
imitando un poco al coito tántrico, lo dejé introducido unos
treinta segundos haciendo contracciones para hinchar y
deshinchar en lo posible el pene. Ella gemía, y yo estaba a
punto de correrme, lentamente lo saqué y respiré profundo para
intentar contener la eyaculación, ¡eureka, lo conseguí! Como
no podía, ni debía dejarla bajar la intensidad de su excitación,
en la misma posición en la que estaba, mi boca ávida de sus
jugos empezó con la grata tarea de lamer, acariciar sus labios
vaginales, clítoris y vagina, cuanto más lamía, más gemía,
y al tiempo dejaba salir pequeñas cantidades de su rico caldo a
37 grados centígrados de temperatura. No llegaba al orgasmo,
tampoco lo pretendía, quería y lo estaba consiguiendo que
durante el tiempo que duráramos haciendo el amor estuviera casi
en estado de éxtasis.
Con
las caricias de mi lengua en la vulva de mi mujer pude lograr
que mi excitación decreciera lo suficiente como para no
explotar y derrochar mi semen, hice que mi pareja se pusiera
nuevamente mirando hacia el techo, así lo hizo, fijándome en
sus pezones vi que los tenía erectos, me dediqué a acariciar,
y masajear sus pechos añadiendo aceite de rosas a mis manos,
mis caricias eran para ella un delicioso tacto, ya que cerrando
los ojos, sollozaba hasta el punto de soltar lágrimas.
Dejé
sus pechos y me dirigí a sus labios carnosos y humedecidos
constantemente por su lengua. Siempre lo habíamos hecho, pero
en esa ocasión creo que nos gustó más si cabe, mi lengua
acariciaba la suya trasmitiéndome el placer de saborear su
saliva, ¡su vida y la mía estaban unidas!
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Seguí
acariciando todas y cada uno de los 600.000 puntos sensibles
de su cuerpo, y al igual que en el coito tántrico disfrutaba
de ello. Aunque aquello no era una competición, miré hacia
el reloj y me di cuenta de que llevábamos 3 horas disfrutando
de penetraciones en diferentes posturas, deleitándonos de
nuestras caricias y que todavía no había llegado al orgasmo,
ni que yo había eyaculado.
¿Era
aquello un coito tántrico? No, yo no lo creía, pero si creía
que mi mujer me había tenido encendido durante tres horas al
igual que lo hice yo con ella. Terminé eyaculando en su
interior, lo hice en el momento en el que deseé, ella llegó
al orgasmo, pero eso ya no importaba, habíamos estado
disfrutando durante tres horas, ¡fue fantástico!
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¿
Qué le a parecido el Relato qué a leído ? |
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Publicar, un Relato escrito
por mi
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Libro
Virtual |
pág.
14 |
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