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Mi
secretaria, bueno me explicaré mejor, María la mujer que
trabaja en la misma empresa que yo lo hago, es una de las ciento
de secretarias que hay trabajando para diferentes departamentos,
en este caso para el departamento de exportaciones, es la
secretaria de dirección, y como yo soy el director del mismo,
por eso la llamo mi secretaria. Voy al grano, que a veces me
enrollo más que una persiana:
María,
¡coño, que puedo decir de ella! Es toda una belleza, las
modelos que salen en la televisión tendrían razones para
envidiarla, es una mujer bella, simpática y para más INRI, es
una de las secretarias más inteligentes que hay en la empresa,
incluidos los ejecutivos que no le llegan ni a la suela del
zapato. Pero no, no quiero hablarle de su inteligencia, quiero
hablarle de lo buena y apetecibles que está.
Ahora
se han cumplido los 12 meses desde que entró a trabajar, desde
el primer día que crucé la vista con su mirada, en mí resurgió
el deseo casi obsesivo por conseguirla, ¡de poder hacerle el
amor!
No
puedo aguantar su presencia, cuando está sentada en su mesa no
puedo resistirme a mirarla, sus piernas cubiertas por lo general
con medias hacen que sus muslos me inciten a tocarla. ¡Pobre de
mí! Estoy todo el día a cien, aguantando y aguantando mis
deseos sin poderla tocar. Hacerlo podría conllevar una denuncia
de acoso laboral, ¡cualquiera se atreve!
Ayer
llegué a casa y durante el baño que suelo darme por las noches
para relajarme estuve pensando en ella, en sus piernas, en como
sería ella al desnudo, estaba tan excitado que no pude soportar
las ganas de masturbarme, no me pude resistir y lo hice, ¡bueno,
miento! Empecé a hacerlo... cuando una voz inquisidora dijo:
-¡Cariño,
la cena está servida! Sal pronto del cuarto de baño, que sino,
sabes que la cena se enfría.
Su
voz, la de mi mujer, cada vez me resulta más repulsiva. Quiero
pedirle el divorcio, pero no me atrevo, porque sencillamente no
sabría vivir sin ella, ¿es paradójico verdad? Se lo confirmo,
no puedo estar con ella, pero no sabría estar sin ella.
Fue
una verdadera escena de cine, mi mujer sentada frente a mí,
comiendo sin mirarnos y yo pensando en María, en como sería
verla desnuda, tenerla entre mis brazos para hacer de mí, en
ese momento el hombre más feliz del mundo. Otra vez continuando
la fantasía del cuarto de baño me empecé a excitar, y otra
vez como la anterior mi esposa para hacerme la vida imposible me
pregunta muy acaramelada:
-¿Cariño,
tienes ganas de hacerlo?
Era
evidente, que con la calentura que mi cuerpo tenía, no me
faltaban ganas de hacer el amor, aunque fuera con mi repulsiva
mujer, por lo tanto haciéndome la idea de que era María le
contesté:
-Sí
cariño, me encantaría echarte un polvo.
No
era verdad, a la que deseaba echárselo era a María, pero a
falta de pan, como normalmente se dice “buena son las
tortas”. He de reconocer que mi mujer estaba de lo más
apetecible, iba vestida de forma sexy y un tanto provocadora.
Ella sabe de mis gustos, por lo que se había puesto un body con
trasparencias que dejaban al aire toda su intimidad, ¡aquello
me extrañó, algo quería!
-Cariño,
estás muy excitado, veo que los dos meses que te he tenido a
dieta te han hecho efecto, ¡qué rico! Estás a punto de
eyacular, tu puntita está llena de líquido preseminal, ¿quieres
que te haga una mamada?
Mi
mujer tiene una gran habilidad acariciando y succionando mi pene
con la boca, su lengua es una delicia. Supongo que antes de
conocerla se dedicaba a chupársela a todo ser viviente, sí, a
todo el que se le pusiera a tiro... bueno, pero eso es otra
historia que ahora no quiero contar. El hecho es que decidida
introdujo mi pene en su maravillosa boca, maravillosa cuando está
callada. En ese momento es cuando más la amo, cuando no puede
decir palabra alguna, ¡es una delicia! El maravilloso y no
menos placentero trabajo que me estaba haciendo, lo agradecía
mi erecto y últimamente poco utilizado pene, estaba haciendo su
efecto, estaba a punto de eyacular cuando interrumpiendo su
servicio dijo:
-Cariño,
estás a punto de correrte, lo sé, quiero que me la metas en la
vagina y te corras dentro, estoy decidida, ¡quiero tener un
hijo!
Me
quedé con cara de tonto, durante los cinco años que llevamos
casados no he dejado de insistir en que debíamos de tener un
hijo, y ella siempre me dijo que no, que no lo podía hacer
debido a su trabajo. En ese momento quien no quería tener hijos
era yo, por eso, y porque algo se estaba cociendo en el horno,
mi pene en segundos se puso flácido. Ella miró sorprendida y
enojada, por no decir con un cabreo de tres mil pares de
cojones, respiró profundamente y con voz enérgica dijo:
-¿Qué
es lo que te ocurre? ¿No quieres follarme?
-No,
no me apetece, me has cortado el rollo con eso de tener un hijo,
no entiendo por qué ahora ese repentino interés en tenerlo, ¿dime,
tienes algo que ocultarme? ¿No estarás embarazada? –Le
pregunté.
-¡Sí...
como no sea del butanero! Porque lo que es de ti, ¡ni de coña!
–Me contestó.
No
quise seguir discutiendo, me giré en la cama y me dediqué a
pensar en mi amada, por completo olvidé mis cuernos, cuernos
que estaba seguro que llevaba gentil regalo de mi esposa... tuve
un último pensamiento de María y como un tronco me quedé
dormido.
A
los 40 años, que son los que en ese momento tenía, un hombre
no puede, no debe estar así, debe de estar follando como un
descosido, pero no, allí estaba delante de María, con unos
cuernos ya confirmados que tropezaban cuando pasaba por los
marcos de las puertas Era gracioso, porque aunque no se veían,
yo sabía que los llevaba colocados, motivo por el cual tendía
a agacharme cuando entraba o salía de algún despacho. Mi
aguante, o quién sabe, si mi desesperación por lo que me
estaba aconteciendo, sin saber muy bien lo que hacía, llamé a
María para que fuera a mi despacho, y con la excusa de dictarle
una carta la hice que se sentara en el sillón que tenía en mi
despacho. Desde mi privilegiado puesto la podía ver totalmente,
de hecho lo tenía allí situado para poder ver las piernas de
las distintas secretarias que por el departamento de
exportaciones habían pasado. ¡Vale, lo reconozco! Soy un poco
verde, siempre me he intentado acostar con las secretarias, de
hecho lo he realizado con no pocas, no diré el número para que
no se escandalice, ¡o que me llame fantasma! Lo cierto, lo único
cierto es que ese día María estaba de lo más sexy, con un
gran escote y con una exigua falda.
-Señorita
María, tome nota y envíe esta carta por correo electrónico al
Sr. Heliodoro de la empresa Motores de agua reunidos. –Le
dije.
María,
sonrió al tiempo que alzó su pierna derecha y la descansó
sobre la izquierda cruzándolas. Debido a la forma del sillón,
y a lo corto de su falda, pude ver casi la totalidad de su muslo
derecho acariciado por la liga de la media, y por un momento, en
el movimiento de piernas creí ver sus bragas, unas bragas color
carne que le hacían juego con las medias que cubrían sus
piernas. Mientras le dictaba la carta, María no dejaba de mover
las piernas cruzadas aun lado y a otro del sillón, aquello me
estaba poniendo algo más que excitado, ¡perdí la cabeza!
-Señorita
María, ya he terminado con la carta, pásela a limpio y
urgentemente envíela. –Le dije clavando la mirada en su
entrepierna.
-¿No
desea nada más Señor Pablo? –Contestó preguntando con la
piernas cruzadas a cal y canto.
Durante
unos segundos no dije nada, el despacho quedó en el más
sepulcral silencio... hasta que sin pensarlo le dije:
-Escuche
Señorita María, le ruego que no se enfade con lo que le voy a
decir, verá... el caso es que estoy pasando una mala racha en
mi matrimonio y llevo cerca de dos meses sin hacer el amor, ¡créame!
Verle las piernas me ha puesto a cien. ¿Me haría Usted el
favor de acostarse conmigo?
-¿Ha
perdido la cabeza Sr. Pablo? ¿Me está tratando de puta?
–Gritó al tiempo que se levantaba dejándome ver con claridad
sus bragas de blonda color carne, con las ingles hechas al
estilo brasileño.
Me
quedé tan cortado y avergonzado por mi comportamiento, que no
sabía donde meterme. Pensé que nada más salir de mi despacho
se iría a ver directamente a los representantes del comité de
empresa, ¡tierra, trágame! Estaba más que seguro que ese era
el final de mi trayectoria en esa empresa. Hasta ese momento había
tenido algunas, ¡bastantes relaciones íntimas! Con las
secretarias que anteriormente habían tenido el puesto de María,
pero nunca habían sido tan descaradas como con ella. Quise
remediar el desaguisado, y tras esperar 5 minutos desde que María
saliera por la puerta la llamé por el teléfono interno:
-Señorita
María, puede venir un momento a
mi despacho.
Ella
no contestó, no esgrimió palabra alguna, se limitó a terminar
el trabajo que le había encomendado y cuando terminó, se
presentó con gesto serio en mi despacho:
-¿Dígame
Sr. Pablo, qué es lo que desea?
Verla
así, con la seriedad en su cara, lejos de sentir
arrepentimiento lo que sintió mi cuerpo fueron escalofríos,
sensación que lo recorrieron por completo. Para solventar la
metedura de pata, no se me ocurrió otra cosa que sobornarla
diciéndole:
-Señorita
María, de veras, créame cuando le digo que siento en el fondo
de mi corazón lo que ha sucedido. Creo oportuno decirle que
desde hoy es usted fija en esta empresa, le subiré el sueldo y
le daré los mejores trabajos, ¡será usted mi favorita! Espero
que no diga usted nada de lo sucedido, ¿Qué me dice?
-Mire
Señor Pablo, yo no diré nada, porque nada ha sucedido, pero a
Usted, sí le diré algo. No entiendo como un hombre con
experiencia como lo es Usted, dé tanto a cambio de nada, ¡no
me lo creo! ¿Algo querrá, qué es?
Yo
sabía que me estaba equivocando, que estaba cayendo en una
trampa y que podía ser perjudicial para mis referencias. Pero
como vi en ella un atisbo de
aceptación le contesté:
-Sí,
a cambio me encantaría que fuera mi amante, ¿qué le parece?
En
esa ocasión no dijo nada, no se indignó, se limitó a darse
media vuelta y dirigiéndose a la puerta del despacho, la cerró,
mas no pudo echar el pestillo porque estaba roto. Mi corazón
palpito más deprisa que de costumbre, aquello que hizo no era
normal, no podía ser para otra cosa que para ceder por completo
ante mi propuesta. No se estaba dando cuenta que la estaba
comprando, que la estaba convirtiendo en una prostituta con
todas la de la ley.
-Acepto,
estoy de acuerdo en ser a partir de ahora mimo su
amante, ¿echamos ese polvo que tanto desea?
Hay
20 años de diferencia entre nosotros, cada día entiendo menos
a esta juventud, me gustan como actúan pero... ¡no les
entiendo! Cambian de parecer en cuestión de minutos. Tenía en
bandeja a la mujer que estaba deseando desde hacía 12 meses.
Pero algo me decía que no, que dijera no en ese momento.
-No,
ahora no. Tengo que salir con urgencia para París, lo haremos
cuando regrese, solamente estaré 3 días fuera. Mientras tanto
me gustaría tener un regalo tuyo, me gustaría que me dieras
tus bragas.
No
lo dudó un instante, se levantó la corta falda y se despojo de
las bragas con gran naturalidad, ¡me las dio! Nada más
terminar de dármelas, llamaron a la puerta. Mi intuición era
buena, de haberle intentado echar un polvo, nos hubieran
encontrado en plena faena. La llamada y posterior entrada fue la
del jefe supremo, ¡me salvé por los pelos!
Durante
el viaje a París las bragas de mi secretaria, las de mi futura
amante fueron mi fetiche, con ellas, con su olor, durante los días
que estuve fuera la estuve imaginando abrazada por mis brazos.
Pero la felicidad nunca es completa, entre polvo y polvo
inexistente, a mi mente vino la imagen de mi mujer, como siempre
a estropearlo todo. Su imagen me recordó la mía, me recordó
que llevaba unos cuernos más altos que la copa de un pino, ¡no
exagero! Me los había puesto desde siempre, reconozco que yo
también se los ponía. Por tercera vez en pocos días, estaba a
punto de llegar al orgasmo cuando mi mujer me interrumpía, ¡será
bruja, hasta en la distancia me fastidia!
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