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Las Bragas de la secretaria

Libro Virtual

Título: Las Bragas de la secretaria

Autor:
Gestialba.com
Productor:
Gestialba.com 
Gión:
Gestialba.com
Protagonista principal:
María.
Actores: María, Pablo
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Erótico - Fantasía (Desengaño)
Duración: 010 minutos 
Recomendada: 
Mayores de 18 años

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mi secretaria, bueno me explicaré mejor, María la mujer que trabaja en la misma empresa que yo lo hago, es una de las ciento de secretarias que hay trabajando para diferentes departamentos, en este caso para el departamento de exportaciones, es la secretaria de dirección, y como yo soy el director del mismo, por eso la llamo mi secretaria. Voy al grano, que a veces me enrollo más que una persiana:  

María, ¡coño, que puedo decir de ella! Es toda una belleza, las modelos que salen en la televisión tendrían razones para envidiarla, es una mujer bella, simpática y para más INRI, es una de las secretarias más inteligentes que hay en la empresa, incluidos los ejecutivos que no le llegan ni a la suela del zapato. Pero no, no quiero hablarle de su inteligencia, quiero hablarle de lo buena y apetecibles que está.  

Ahora se han cumplido los 12 meses desde que entró a trabajar, desde el primer día que crucé la vista con su mirada, en mí resurgió el deseo casi obsesivo por conseguirla, ¡de poder hacerle el amor!  

No puedo aguantar su presencia, cuando está sentada en su mesa no puedo resistirme a mirarla, sus piernas cubiertas por lo general con medias hacen que sus muslos me inciten a tocarla. ¡Pobre de mí! Estoy todo el día a cien, aguantando y aguantando mis deseos sin poderla tocar. Hacerlo podría conllevar una denuncia de acoso laboral, ¡cualquiera se atreve!  

Ayer llegué a casa y durante el baño que suelo darme por las noches para relajarme estuve pensando en ella, en sus piernas, en como sería ella al desnudo, estaba tan excitado que no pude soportar las ganas de masturbarme, no me pude resistir y lo hice, ¡bueno, miento! Empecé a hacerlo... cuando una voz inquisidora dijo:  

-¡Cariño, la cena está servida! Sal pronto del cuarto de baño, que sino, sabes que la cena se enfría.  

Su voz, la de mi mujer, cada vez me resulta más repulsiva. Quiero pedirle el divorcio, pero no me atrevo, porque sencillamente no sabría vivir sin ella, ¿es paradójico verdad? Se lo confirmo, no puedo estar con ella, pero no sabría estar sin ella.  

Fue una verdadera escena de cine, mi mujer sentada frente a mí, comiendo sin mirarnos y yo pensando en María, en como sería verla desnuda, tenerla entre mis brazos para hacer de mí, en ese momento el hombre más feliz del mundo. Otra vez continuando la fantasía del cuarto de baño me empecé a excitar, y otra vez como la anterior mi esposa para hacerme la vida imposible me pregunta muy acaramelada:  

-¿Cariño, tienes ganas de hacerlo?  

Era evidente, que con la calentura que mi cuerpo tenía, no me faltaban ganas de hacer el amor, aunque fuera con mi repulsiva mujer, por lo tanto haciéndome la idea de que era María le contesté:  

-Sí cariño, me encantaría echarte un polvo.  

No era verdad, a la que deseaba echárselo era a María, pero a falta de pan, como normalmente se dice “buena son las tortas”. He de reconocer que mi mujer estaba de lo más apetecible, iba vestida de forma sexy y un tanto provocadora. Ella sabe de mis gustos, por lo que se había puesto un body con trasparencias que dejaban al aire toda su intimidad, ¡aquello me extrañó, algo quería!  

-Cariño, estás muy excitado, veo que los dos meses que te he tenido a dieta te han hecho efecto, ¡qué rico! Estás a punto de eyacular, tu puntita está llena de líquido preseminal, ¿quieres que te haga una mamada?  

Mi mujer tiene una gran habilidad acariciando y succionando mi pene con la boca, su lengua es una delicia. Supongo que antes de conocerla se dedicaba a chupársela a todo ser viviente, sí, a todo el que se le pusiera a tiro... bueno, pero eso es otra historia que ahora no quiero contar. El hecho es que decidida introdujo mi pene en su maravillosa boca, maravillosa cuando está callada. En ese momento es cuando más la amo, cuando no puede decir palabra alguna, ¡es una delicia! El maravilloso y no menos placentero trabajo que me estaba haciendo, lo agradecía mi erecto y últimamente poco utilizado pene, estaba haciendo su efecto, estaba a punto de eyacular cuando interrumpiendo su servicio dijo:  

-Cariño, estás a punto de correrte, lo sé, quiero que me la metas en la vagina y te corras dentro, estoy decidida, ¡quiero tener un hijo!  

Me quedé con cara de tonto, durante los cinco años que llevamos casados no he dejado de insistir en que debíamos de tener un hijo, y ella siempre me dijo que no, que no lo podía hacer debido a su trabajo. En ese momento quien no quería tener hijos era yo, por eso, y porque algo se estaba cociendo en el horno, mi pene en segundos se puso flácido. Ella miró sorprendida y enojada, por no decir con un cabreo de tres mil pares de cojones, respiró profundamente y con voz enérgica dijo:  

-¿Qué es lo que te ocurre? ¿No quieres follarme?

-No, no me apetece, me has cortado el rollo con eso de tener un hijo, no entiendo por qué ahora ese repentino interés en tenerlo, ¿dime, tienes algo que ocultarme? ¿No estarás embarazada? –Le pregunté.

-¡Sí... como no sea del butanero! Porque lo que es de ti, ¡ni de coña! –Me contestó.  

No quise seguir discutiendo, me giré en la cama y me dediqué a pensar en mi amada, por completo olvidé mis cuernos, cuernos que estaba seguro que llevaba gentil regalo de mi esposa... tuve un último pensamiento de María y como un tronco me quedé dormido.  

A los 40 años, que son los que en ese momento tenía, un hombre no puede, no debe estar así, debe de estar follando como un descosido, pero no, allí estaba delante de María, con unos cuernos ya confirmados que tropezaban cuando pasaba por los marcos de las puertas Era gracioso, porque aunque no se veían, yo sabía que los llevaba colocados, motivo por el cual tendía a agacharme cuando entraba o salía de algún despacho. Mi aguante, o quién sabe, si mi desesperación por lo que me estaba aconteciendo, sin saber muy bien lo que hacía, llamé a María para que fuera a mi despacho, y con la excusa de dictarle una carta la hice que se sentara en el sillón que tenía en mi despacho. Desde mi privilegiado puesto la podía ver totalmente, de hecho lo tenía allí situado para poder ver las piernas de las distintas secretarias que por el departamento de exportaciones habían pasado. ¡Vale, lo reconozco! Soy un poco verde, siempre me he intentado acostar con las secretarias, de hecho lo he realizado con no pocas, no diré el número para que no se escandalice, ¡o que me llame fantasma! Lo cierto, lo único cierto es que ese día María estaba de lo más sexy, con un gran escote y con una exigua falda.  

-Señorita María, tome nota y envíe esta carta por correo electrónico al Sr. Heliodoro de la empresa Motores de agua reunidos. –Le dije.  

María, sonrió al tiempo que alzó su pierna derecha y la descansó sobre la izquierda cruzándolas. Debido a la forma del sillón, y a lo corto de su falda, pude ver casi la totalidad de su muslo derecho acariciado por la liga de la media, y por un momento, en el movimiento de piernas creí ver sus bragas, unas bragas color carne que le hacían juego con las medias que cubrían sus piernas. Mientras le dictaba la carta, María no dejaba de mover las piernas cruzadas aun lado y a otro del sillón, aquello me estaba poniendo algo más que excitado, ¡perdí la cabeza!  

-Señorita María, ya he terminado con la carta, pásela a limpio y urgentemente envíela. –Le dije clavando la mirada en su entrepierna.

-¿No desea nada más Señor Pablo? –Contestó preguntando con la piernas cruzadas a cal y canto.  

Durante unos segundos no dije nada, el despacho quedó en el más sepulcral silencio... hasta que sin pensarlo le dije:  

-Escuche Señorita María, le ruego que no se enfade con lo que le voy a decir, verá... el caso es que estoy pasando una mala racha en mi matrimonio y llevo cerca de dos meses sin hacer el amor, ¡créame! Verle las piernas me ha puesto a cien. ¿Me haría Usted el favor de acostarse conmigo?

-¿Ha perdido la cabeza Sr. Pablo? ¿Me está tratando de puta? –Gritó al tiempo que se levantaba dejándome ver con claridad sus bragas de blonda color carne, con las ingles hechas al estilo brasileño.  

Me quedé tan cortado y avergonzado por mi comportamiento, que no sabía donde meterme. Pensé que nada más salir de mi despacho se iría a ver directamente a los representantes del comité de empresa, ¡tierra, trágame! Estaba más que seguro que ese era el final de mi trayectoria en esa empresa. Hasta ese momento había tenido algunas, ¡bastantes relaciones íntimas! Con las secretarias que anteriormente habían tenido el puesto de María, pero nunca habían sido tan descaradas como con ella. Quise remediar el desaguisado, y tras esperar 5 minutos desde que María saliera por la puerta la llamé por el teléfono interno:  

-Señorita María, puede venir un momento a  mi despacho.  

Ella no contestó, no esgrimió palabra alguna, se limitó a terminar el trabajo que le había encomendado y cuando terminó, se presentó con gesto serio en mi despacho:  

-¿Dígame Sr. Pablo, qué es lo que desea?  

Verla así, con la seriedad en su cara, lejos de sentir arrepentimiento lo que sintió mi cuerpo fueron escalofríos, sensación que lo recorrieron por completo. Para solventar la metedura de pata, no se me ocurrió otra cosa que sobornarla diciéndole:  

-Señorita María, de veras, créame cuando le digo que siento en el fondo de mi corazón lo que ha sucedido. Creo oportuno decirle que desde hoy es usted fija en esta empresa, le subiré el sueldo y le daré los mejores trabajos, ¡será usted mi favorita! Espero que no diga usted nada de lo sucedido, ¿Qué me dice?

-Mire Señor Pablo, yo no diré nada, porque nada ha sucedido, pero a Usted, sí le diré algo. No entiendo como un hombre con experiencia como lo es Usted, dé tanto a cambio de nada, ¡no me lo creo! ¿Algo querrá, qué es?  

Yo sabía que me estaba equivocando, que estaba cayendo en una trampa y que podía ser perjudicial para mis referencias. Pero como vi en ella un atisbo de  aceptación le contesté:  

-Sí, a cambio me encantaría que fuera mi amante, ¿qué le parece?  

En esa ocasión no dijo nada, no se indignó, se limitó a darse media vuelta y dirigiéndose a la puerta del despacho, la cerró, mas no pudo echar el pestillo porque estaba roto. Mi corazón palpito más deprisa que de costumbre, aquello que hizo no era normal, no podía ser para otra cosa que para ceder por completo ante mi propuesta. No se estaba dando cuenta que la estaba comprando, que la estaba convirtiendo en una prostituta con todas la de la ley.  

-Acepto, estoy de acuerdo en ser a partir de ahora mimo su  amante, ¿echamos ese polvo que tanto desea?  

Hay 20 años de diferencia entre nosotros, cada día entiendo menos a esta juventud, me gustan como actúan pero... ¡no les entiendo! Cambian de parecer en cuestión de minutos. Tenía en bandeja a la mujer que estaba deseando desde hacía 12 meses. Pero algo me decía que no, que dijera no en ese momento.  

-No, ahora no. Tengo que salir con urgencia para París, lo haremos cuando regrese, solamente estaré 3 días fuera. Mientras tanto me gustaría tener un regalo tuyo, me gustaría que me dieras tus bragas.  

No lo dudó un instante, se levantó la corta falda y se despojo de las bragas con gran naturalidad, ¡me las dio! Nada más terminar de dármelas, llamaron a la puerta. Mi intuición era buena, de haberle intentado echar un polvo, nos hubieran encontrado en plena faena. La llamada y posterior entrada fue la del jefe supremo, ¡me salvé por los pelos!  

Durante el viaje a París las bragas de mi secretaria, las de mi futura amante fueron mi fetiche, con ellas, con su olor, durante los días que estuve fuera la estuve imaginando abrazada por mis brazos. Pero la felicidad nunca es completa, entre polvo y polvo inexistente, a mi mente vino la imagen de mi mujer, como siempre a estropearlo todo. Su imagen me recordó la mía, me recordó que llevaba unos cuernos más altos que la copa de un pino, ¡no exagero! Me los había puesto desde siempre, reconozco que yo también se los ponía. Por tercera vez en pocos días, estaba a punto de llegar al orgasmo cuando mi mujer me interrumpía, ¡será bruja, hasta en la distancia me fastidia!  

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Tras el viaje desde París, de la ciudad de donde vienen los niños, llegué ilusionado como tal, tenía en mente, no sólo ser el amante de María, sino pedirle que se casara conmigo en cuanto consiguiera el divorcio de mi mujer. Pero mi ilusión pronto se truncó, un terrible mazazo recibí al enterarme, que María se había marchado de la empresa con un ejecutivo llegado en mi ausencia de la central de Australia, se encaprichó de ella llevándosela para casarse. Le compadezco, creo que María es una de esas mujeres que como la mía hacen felices a los hombres mientras les apetecen, ¡luego los tiran! Los abandona, haciéndolos infelices, ¡sé de lo que hablo!  

Tengo que reconocer, que en todos los romances que he tenido en mi vida, nunca me habían engañado de tal modo... casi me alegro, porque ahora creo que esa historia no hubiera terminado nada bien.  

Ahora estoy libre, ya estoy divorciado, me he prometido a mí mismo no ligarme sentimentalmente a nadie.  ¡Viva la libertad, viva la soltería! Romances, escarceos esporádicos, todos los que consiga... Sí, pero relación estable, ¡nunca jamás! No me recrimine, sé, lo sé, sé que nunca hay que decir de esta agua no he de beber, pero mi matrimonio me ha ensañado... ¡me ha enseñado tanto! Lo dicho, ¡soy soltero!

 

 

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