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La auxiliar de vuelo 

Libro Virtual

Título: La auxiliar de vuelo

Autor:
Gestialba.com
Productor:
Gestialba.com 
Gión:
Gestialba.com
Protagonista principal:
Anabel.
Actores: Anabel, Alfredo, hijas
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Erótico - Fantasía
Duración: 005 minutos 
Recomendada: 
Mayores de 18 años

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Desesperado por el miedo a volar, mi corazón palpitaba cuando el avión se acercaba al la pista de rodadura, el despegue era inminente. El personal auxiliar de vuelo nos dio la vara con las normas de seguridad internacionales como si fueran policías leyéndonos nuestros derechos. Al despegar la sensación que produce la aceleración sobre el asiento hace que mi presión sanguínea se extreme y que extrañamente mi pene consiga una erección que para sí quisiera las pastillas azules. Acongojado por la tensión del vuelo solicité los servicios de una auxiliar.  

-Señorita, sería tan amable de traerme un calmante, ¡fíjese como tiemblo!

-Si Señor, ya veo que el despegue le ha alterado. –Dijo acariciando con sus ojos mi abultada entrepierna-  

Yo, un hombre con experiencia, un hombre hecho y derecho, con pelos en el pecho y de 55 años de edad, no podía evitar tener miedo a volar, era superior a mis fuerzas... en mi retina quedó retenida la imagen de aquella hermosa auxiliar trigueña de ojos azules. Estaba como catatónico cuando escucho una voz que decía:  

-Señor, tenga el calmante que ha solicitado, ¡tómeselo, esto le tranquilizará  hasta que lleguemos a Sydney.  

Sin darme tiempo a contestar aquella excitante auxiliar de vuelo acercó sus carnosos labios a mi oído y con voz acaramelada y sensual dijo:  

-¿Todavía le dura, qué suerte tiene su esposa?  

Esas fueron las palabras que iniciaron una gran amistad. Durante todo el trayecto estuvo cuidándome como si de un niño se tratara... por suerte para mí, a los quince minutos del despegue mi excitación bajó y por efectos del calmante estuve relajado hasta que el avión tomo tierra en el aeropuerto de Sydney.  

Cuando me disponía a bajar del avión esa sensual y madura auxiliar de vuelo me dio una tarjeta con su número de teléfono. En ella escrita a bolígrafo la palabra “llámame”.  Sin dudarlo cuando estaba en el hotel marqué el número y expectante aguardé contestación:  

-¡Dígame, Rosa al habla!

-¿Está Anabel?

-Está en la ducha, espere un momento que ahora mismo se pone.  

Durante cinco minutos estuve colgado al teléfono escuchando la conversación que Rosa tenía con Anabel. Por los jadeos que escuchaba estaba seguro de que estaban haciendo el amor, ¡qué extraño! Se habían olvidado de mí, y se pusieron a disfrutar del sexo.  

-¡Oiga! ¿Está todavía ahí?

-Sí Anabel, hace cinco minutos que espero. Ha sido una espera interesante.

-¿Lo ha escuchado todo?  

Anabel se hacía la sorprendida, pero me estaba temiendo que lo ocurrido era una actuación para mí... Por casualidad o por cosas del destino, la casa donde vivía Anabel estaba al cruzar la calle, justamente frente del hotel. Estoy casado, respeto a mi mujer, pero en lo que respecta a la fidelidad soy un pésimo marido, siempre que puedo aprovecho para echar un buen polvo, y esa ocasión la pintaban calva. Aquella mujer me interesó desde el primer momento en que la vi... atravesé la calle y llamé al interfono para que me abriera, estaba impaciente por verla. Llamé con nervios a la puerta del ático B, instantes después, el cerrojo de cierre se deslizó quedando la puerta entreabierta unos 10 centímetros , oí una voz que decía:  

-Pase y cierre la puerta, estamos en la habitación del fondo a la derecha.  

Anduve indeciso por aquél oscuro pasillo en el que al final vislumbraba una luz blanca que entendí que era la habitación a la que hacía referencia la voz... era así al llegar tuve la agradable sorpresa de ver a dos jóvenes mujeres retozando encima de una amplia cama, hacían el amor fundidas en una excitante posición de tijeras frotándose sus depiladas vulvas. Anabel cámara en mano y ataviada con un ajustado y corto vestido de látex color negro, las fotografiaba de todas las posturas posible.  

-Espera, ¡Ahora te atiendo! De momento disfruta mirando a mis preciosas niñas.  

Sus preciosas niñas como Anabel las llamaba no parecían pasarlo mal, daban gritos por el placer que debían experimentar. El roce de sus vaginas era casi frenético, los alborotados gritos dieron paso a un orgasmo sincronizado en el que los espasmos y contracciones dieron paso una sesión de lluvia dorada como nunca antes había visto, se besaban y lamían por toda la geografía de sus esplendidos cuerpos. Aquello pudo con el dominio y control de mi excitación, mi pene se puso en estado de lucha y no podía aguardar por más tiempo preso en el interior de mis pantalones.  

-Chica, limpiarlo todo y a la ducha, os espero luego en la sala.

-¡Vale mamá! –Dijeron las dos al tiempo-  

Anabel dejó la cámara guardada en su estuche y agarrándome de la mano me condujo a la sala de estar que era inmensa, como lo era aquel ático... Estaba cortado, no sabía que decir pero ella rompió el hielo.  

-Todavía no sé tu nombre, ¿cómo te llamas?

-Me llaman Alfredo. –Le contesté con una sonrisa-

-¡Qué casualidad! Te llamas como mi primer marido. Aunque no temas, no te pareces en nada a él, el pobre era más feo que pifio.  

Sentados en el sofá me fijé en sus piernas tersas y de músculos trabajados en el gimnasio,  me chocaron con la edad que le suponía a Anabel... intuitiva acariciándose con las manos desde las pantorrillas a los muslos dijo:  

-¿Te gustan mis piernas Alfredo?

-¡Loco estaría si no fuera así! Tienes unas piernas preciosas.

-Puedes tocarlas, no seas tímido. –Dijo mientras se bajaba la falda del vestido para no dejar a la vista sus bragas-  

No soy para nada tímido, pero tenía que reconocer que aquella situación después de un viaje de 14 horas me hizo dudar si debía acariciar aquellas sensuales piernas, ¡dudé, pero lo hice! Con el reverso de mis manos acaricié sus piernas desde las rodillas hasta alcanzar sus muslos, tenía una piel blanca suave y de temperatura cálida. Anabel cerró los dos luceros preciosos que tenía por ojos, con la lengua humedeció sus carnosos labios y con los dientes mordió levemente el inferior, ¡no tenía dudas! Estaba tan excitada como lo estaba yo... me acerqué para besarla y su aroma me embriagó, cortos y leves besos en la comisura de sus labios dieron pasa a un suspiro.  

-Mamá, ya hemos terminado, nos hemos bañado y perfumado, ya no olemos a pipi. ¿Señor, le gusta el olor a pipi?

-Sí, me encanta oler las bragas de mi mujer cuando las tiene puesta durante todo un día de trabajo, ¡eso me excita!  

Aquellas maravillosas niñas de Anabel fueron inoportunas, pero iban vestidas de una forma tan sugerente que mi excitación no bajó un ápice. Además me sorprendieron cuando me dijeron:  

-Espere Señor, ahora voy al cuarto de baño y le traigo las bragas que ha llevado mi madre puestas durante las 14 horas que ha durado la última escala del vuelo desde Madrid.

-No seas cochina hija, lo mismo Alfredo ha dicho que le gusta el olor por cortesía.  

Por cortesía o no, aquel diablo de criatura acompañada por su hermana alborotadas se alejaron saltando en dirección al cuarto de baño para traerme las bragas usadas de su madre Anabel. Mi pene, ¡mi mente! Hizo que la excitación del momento llegara al máximo, si no me calmaba y dominaba la situación quedaría en una pésimo lugar ante aquellas fantásticas mujeres.  

-Ya estamos aquí Señor. –Hablaban como si fueran niñas- Además de las bragas de mamá, le hemos traído las nuestras que llevamos ayer en el viaje que hicimos desde Florida, ¡también somos azafatas, sabe!  

Simpáticas, excitantes y tomando el rol de adolescentes, cada una se sentó en una de mis rodillas y me dieron a oler el penetrante aroma de las bragas de su madre. Después de respirar profundamente su olor, me dieron a inhalar las de cada una de ellas, eran fragancias similares pero cada una con sus matices. Lo cierto es que mi flujo preseminal empezó haciendo acto de presencia cosa que denotaba la mancha que lucía mi bragueta.

-Venga, Díganos que olor le gusta más.

-¿Es necesario que me defina por uno de ellos? Los tres son muy excitantes.  

No me decanté por ninguna de las tres bragas, las tomé en mis manos y con un gesto de satisfacción aspiré nuevamente sus fragancias y les dije:  

-Lo siento chicas, me gustan los tres por un igual. –Sonrieron y se marcharon dejándome a solas con su madre-  

Anabel sorprendiéndome y con cara de satisfacción por el trato que sus hijas me estaban dando introdujo su mano derecha en su entrepierna y apartando hacia un lado las bragas impregnó sus dedos en el jugo vaginal que tenía en abundancia... me los dio a oler y posteriormente los introdujo en su boca para paladearlos como si de caviar ruso se tratara.  

-Alfredo, veo que estás muy excitado por lo que te han hechos las diablas de mis hijas, ¿quieres que te mame el pene?  

No había terminado de decirlo y sin darme tiempo a reaccionar, ya estaba desabrochando la correa que sujetaba el pantalón. Con el pene erecto y con el glande impregnado por el líquido preseminal Anabel se lo introdujo en la boca hasta meterlo en su totalidad. No entiendo como no le daban arcadas, ya que mi pene tiene una longitud de 20 centímetros ... desde luego no era la primera vez que se comía una verga como la mía. Lo sacó completa mente de su boca para decirme:  

-Cuando estés a punto de eyacular dímelo, quiero que deposites el contenido de tu eyaculación en esta copa, ¡me gusta saborearlo trago a trago!  

Así lo hice, llegado el momento culminante de mi excitación cuando estaba a punto de soltar una copiosa eyaculación, Anabel tomó en su mano izquierda la copa de cristal de bohemia y con la otra siguió masturbándome hasta que exploté de placer, ¡qué orgasmo! No desperdició ni una gota, ya que con su boca succionó hasta dejarme seco. Pero la excitación era continua, ya que tenía mucho morbo el ver como aquella preciosa mujer de pelo casi rubio, labios carnosos y con ojos azules se deleitaba bebiendo a pequeños tragos el resultado de mi excitación.  

-Tiene un gusto fantástico, ¡nunca me harto de él!  

Lo que a mi mujer le parece repugnante, a Anabel le encanta, aunque nada le puedo reprochar, pues a mí me tira para atrás el echo de beber su mucosa vaginal... pero como nunca es tarde si la dicha es buena, Anabel, cuando hubo lamido hasta la última gota de semen, con la misma copa la introdujo entre sus piernas y poco a poco con repetidas contracciones fue expulsando el contenido de su vagina, ¡me temía lo peor!  

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-Toma, ahora te toca a ti, ¡bébelo, verás que rico!  

Hice verdaderos esfuerzos pero las arcadas me vencían, no pude saborear aquel para ella exquisito manjar, ¡no se enfadó! Llamó a sus pequeñas y estas se lo tonaron pasándoselo de una boca a la otra mientras poco a poco se consumía. Pensé, aquí se ha terminado esta velada de excitantes fetiches, pero no fue así. Anabel, las niñas de 25 años y yo nos trasladamos a la amplia cama y en ella durante toda la noche estuvimos practicando el sexo de todas la formas imaginables.  

Fue un viaje fantástico en el que además de aprender nuevas técnicas de sexo, cerré 5 contratos que tenía entre manos desde hacía 3 años... Aquella especial familia de azafatas me hicieron disfrutar de lo lindo, les he dejado mi tarjeta para cuando pasen por Madrid y si les apetece se acerque a mi casa en la que serán bien recibidas. Le expliqué a mi mujer lo sucedido y con sorna dice que tiene muchas ganas de conocerlas, ¡cree que mujeres así no existen¡

 

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